El tren hizo su entrada en la estación del norte de Valencia. La gente de todos los vagones comenzó a levantarse y a arreglar sus cosas para salir fuera. David se quedó unos segundos sentado sin moverse, aun cuando el tren ya había parado, por alguna extraña razón no tenía ganas de bajar. Sentía como si aun tuviera algo que hacer allí, como si esa "etapa" de su viaje aun no hubiera acabado.
Un suspiro le sacó de sus pensamientos. Trizia se estaba levantando lentamente, parecía un poco mas triste a cada segundo que pasaba. Hacía mas de una hora que no sonreía, justo cuando la megafonía había anunciado que no se harían mas paradas hasta el final del trayecto. Era como si en vez de a una nueva ciudad fuera a su funeral. Sintió que debía decir algo.
- Bueno, pues ya hemos llegado. - "Bravo" se dijo mentalmente "mira a ver si la próxima vez dices algo que ella no sepa, genio".
- Si, eso parece... -la chica estaba de pie, con la chaqueta puesta, pero no hacía ningún intento por moverse.- Hemos llegado. - sonrió, aunque la aparente alegría no llegó a sus ojos.- Ha sido un placer conocerles, espero volver a verlos alguna vez y muchas gracias.- Y comenzó a recoger sus cosas.
- ¿Gracias proqué? -lre preguntó David mientras despertaba a Carlos.
- Por hacer este viaje mucho mas agradable, espero que sus negocios vayan bien.
- Igualmente y muchas gracias a ti también.
- ¿Y eso porque?- la chica cargó en su espalda la segunda mochila, dejando la primera entre sus brazos. "aquí llevo toda mi vida" le había dicho cuando él le preguntó porque llevaba esas mochilas tan pesadas con ella.
- Por regalarnos tu compañía.
David se sintió totalmente eufórico al ver nacer en ella otra de esas maravillosas sonrisas, esta vez si que estaba sonriendo de corazón, sus ojos brillaban y su rostro estaba iluminado de una forma que solo la verdadera alegría provoca. Se despidió de él con la mano y le dio un beso en la frente a Carlos (quien tozudamente se negaba a despertar), estuvo a punto de caer, ya que el peso de las mochilas la desequilibró. Pero ahí David estuvo rápido, se acercó a ayudarla. La cogió de la mana y la levanto suavemente. Ella sin decir nada mas se fue por el pasillo.
Ahora si que sentía que podía bajar de aquel tren, había conseguido arrancarle una última sonrisa a aquella simpática muchacha.
David cerró el puño y se giro para seguir despertando a su hijo cuando notó algo en entre sus dedos. Abrió la mano y descubrió un pequeño anillo en el centro de su palma, rápidamente salió por el pasillo del tren para llamar a Patricia pero ya era demasiado tarde, la chica se había perdido entre la gente. Miró una vez mas el anillo, era muy simple, como tres hilos de plata entrelazados formando algo parecido a un nudo. Con cuidado se lo guardó en el bolsillo, ahora si, con la certeza de que volvería a ver a esa chica, pues tendría que devolverle su anillo algún día.
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Habían pasado varios días desde que llegaron a Valencia, se habían instalado con éxito en poco tiempo. La casa estaba mejor de lo que David recordaba: Era un sexto con dos habitaciones, un amplio salón (con una enorme estantería), dos baños y una conica luminosa.
Estaba cerca del centro, en una avenida muy concurrida con una gran estadio de Fútbol delante. Realmente la compra no había sido tan costosa como en un principio pensó. El dueño tenía varios pisos en su propiedad y este ya le estaba resultando caro de mantener si no vivia en el, así que decidió venderlo por un módico precio. David sin duda había salido beneficiado de esa situación.
Se acercó a la puerta de la habitación de su hijo, estaba justo al lado de la suya. Se quedó un rato observándole desde allí, estaba ordenando su ropa en los cajones de su nuevo armario, parecía muy cansado. Se acercó hasta el y comenzó a ayudarle.
- Papa, se que estas muy cansado, no es necesario que me ayudes- le dijo quitándole la camiseta que se disponía a guardar de las manos.
Realmente Carlos muchas veces le sorprendía, era un chaval de 11 años, con toda su imaginación y su locura transitoria en la cabeza, pero muchas veces parecía un hombre adulto. Como en ese momento, David estaba muy cansado, si, era verdad. Pero cualquier otro niño habría obviado esa situación y se habría aprovechado de que su padre quisiera ayudarle. Realmente no era consciente de la suerte que tenía con ese pequeño.
- Tu pareces igual o mas cansado que yo Carlos -le dijo revolviendole el pelo.
- Vale , me ayudas, pero luego te ayudo yo a hacer la cena ¿trato?
- Esta bien, ¿sabes que has sacado la cabezoneria de tu madre? -le dijo a modo de broma. Carlos sonrió orgulloso, como siempre que se hablaba de su madre.
- Me lo has dicho miles de veces papa.
Los dos juntos continuaron plegando y guardando la ropa del pequeño, en poco mas de media hora estaban ya cocinando una suculenta cena que se componía de pan, fiambre y una ensalada (que solo tenía lechuga y tomate). La primera terea del siguiente dia, definitivamente sería hacer la compra.

Sin duda un fragmento muy emotivo, muy lleno de sentimiento y de esa chispa de la vida real.
ResponderEliminarEs una historia que engancha desde el primer momento, y hace que siempre estes pendiente de lo que va a pasar.
Continua así